El formato

Formato. Ese es el vocablo que define mi primer viaje a San Antonio de Las Vegas -según el diseño de algunos carteles-, un pueblito ubicado al suroeste del municipio de San José de las Lajas en la provincia de La Habana. El transporte y las mejores galas del astro rey protagonizaron como de costumbre los viajes en verano.

El territorio habanero se identifica por las planicies que ocupan la mayor parte de la provincia. Aunque en algunos lugares las pequeñas elevaciones de las alturas Bejucal-Madruga-Limonar forman parte del diseño de la naturaleza, las extensiones de tierras cultivadas por el hombre se imponen aún cuando en ocasiones predomine la vegetación silvestre.

A la una y cuarenta y cinco de la tarde llego a San José de las Lajas. Los rayos ultravioletas del sol penetran lo que aún llaman capa de ozono como si quisieran agujerear todo lo que sobre la tierra existe. Hago escala en una parada a las afueras del pueblo. Doce personas están sentadas en los bancos y otras cuatro en el contén de la acera bajo la sombra de un almendro. Nadie habla. Después de varias horas de espera –algunos están desde las nueve de la mañana-  ni el calor, ni los problemas del transporte, ni la teleserie Diana que transmite la Televisión Cubana en el espacio de la novela son motivos de comentario o debate. Al parecer, a mis compañeros de espera no les queda ni lo último que se pierde.

“¿Por aquí pasará algo que me adelante al menos?”. El camello -ómnibus singular que reforzó el transporte en la capital cubana durante la década de los años noventa del siglo pasado y hasta los primeros lustros de los dos mil- sale a las cuatro para San Antonio de las Vegas, mi destino. “¿Dónde podré comprar algo de beber?” A unos metros venden refresco.

–         Buenas tardes. ¿Me puede dar uno? – “¡es de limón!!!!

–         Sí, como no –me responde una viejita sexagenaria.

Estaba congelado. Le agradecí a la señora por el servicio y el exquisito refrescante, y me respondió:

–         No, gracias. Por lo menos puedes tomar algo. Imagínate, ¡el sol está que raja las piedras! Pero mira, hace una semana tuve que pagar doscientos cincuenta pesos de multa por vender galletas con pasta en lugar de pan –a la anciana solo se le permite vender pan y refresco-.  ¿Tú no crees que harina por harina es lo mismo? Lo que cambia es el formato.

Vuelvo a la parada: la misma escenografía y las mismas caras. Un auto con chapa estatal pasa a toda velocidad.

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