El formato II

Mileydis lleva hoy collares artesanales de siete vueltas. Pero no olvidó sus lujosas manillas de ¿oro? Del bolsillo derecho de la bata cuelga un solapín nuevo con una foto vieja. No aparenta llevar los años que tiene. De no ser por los pómulos endurecidos y la piel triste de sus párpados pareciera mucho menos vieja de lo que es en realidad. Además, las canas en su cabello largo degrafilado se confunden con iluminaciones. Viste una pescadora estrecha de lino blanco que le hace juego con el uniforme de asistente dental. Y calza unas chancletas de tacón bajo color plata antigua.

Se mueve de aquí para allá y de allá para acá. “Debería comprarse un par de patines”. Llena algunas recetas, recoge los utensilios, retoca sus finos labios con creyón rojo, busca algodón en el closet, lima la uña del índice de la mano derecha, organiza el buró, verifica los turnos en su agenda o se prueba por encima del pescador el nuevo pantalón rosado con perlas en los bolsillos traseros que le compró a alguna laboratorista de la clínica.

–         Buenos días!!! -alguien con voz fina que ondea desde la puerta entreabierta-  ¿Mileydi, usted no ha visto a la doctora?

–         Fue un momentico al salón de cirugía, mi querer – responde vagamente mientras busca una pinza entre algunos papeles.

“Entonces voy a esperarla”. Se adentra y toma asiento en una de las sillitas giratorias.

La consulta estaba llena de PACIENTES. Algunos habían sido elegidos. Otros lo eran por naturaleza. Un señor vestido con ropa formal: pantalón corte recto de mezclilla azul entero, el cuello de la camisa cerrado con un botón ordinario, zapatos puntifinos de material y un móvil que cuelga a la altura de la cintura; dos mujeres algo intranquilas, afectuosas y de aspecto honrado (una acompaña a la otra); la hermana de la hija de la doctora que pasó por allí a contarle lo que le dijo la nueva madrastra el domingo; y frente, en el centro del auditórium, una joven convaleciente, espera sentada en el sillón con la boca abierta por un insoportable dolor de muela. “Parece un performance en tiempos de Bienal”.

Afuera, esperan varios. Unos escuchan música en las MP4 recostados a la pared, otros leen algún libro de pocas páginas (como para terminarlo rápido), en tanto las demás custodian la entrada de la consulta para asaltar a la doctora en cuanto aparezca.

–         Buenos días, Mileydi!!! ¿Cómo estás?- saluda desde la puerta una muchacha de mediana edad -.

–         Bien, mi niña!!! ¿Cómo estás tú? -responde entretenida-.

–         Bien, bien. Mily, ¿tú me podrías regalar un poquito del Halitol (antiséptico bucal) que compraste ayer en la farmacia?

Mileydi de pronto era toda atenciones. Había reconocido la voz de quien llamaba.

–         ¡Oh, sí, mi amor!!! Como no te voy a resolver -mientras busca el pomo en las gavetas del escritorio-. Estabas perdida!!! -saca el frasco de la caja- Oye!!!, que ayer se me olvidó preguntarte. ¿Le pudiste resolver a tu madrina?

–         Sí, pero imagínate que tuve que…

Mileydi no había salido tanto de la galería de los susurros aquel día. Normalmente lo hace no menos de treinta veces: busca algún medicamento o la historia clínica de algún paciente, “gestiona un poquito de café”, averigua por el suegro de Carmen “que está hospitalizado desde la semana pasada no se sabe por qué”, le pide la llave del baño a la doctora (o sale a buscarla por todo el edificio), conversa con su amiga santiaguera que hace años no ve. Alguien abre la puerta de la consulta. Es la una y trienta de la tarde.

 

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