Inquisidores II

Al parecer, todo duerme en casa. La iglesia aún está al lado del parque, que tiene glorieta. La calle del Carmen es cada vez menos virgen. Ya terminaron de construir la dulcería: devino clínica dental. El cartel que da la bienvenida al pueblo, ya no está. Las pocas palmas del camino real se las llevó un ciclón. Y dicen que se escuchan algunos swings en las noches del Deportivo.

A La mora los cráteres de polvo le han opacado las chancletas de tacón bajo color plata antigua. Los collares de trece vueltas han perdido el barniz. De no ser por los pómulos endurecidos y la piel triste de sus párpados hubiera parecido menos vieja de lo que es en realidad.

Estaba sentada en el andén. Los dedos del pie derecho como siempre: intermitentes. De una mano le colgaba la jaba llena de pomos Tu Kola con refrescos de naranja. En la otra sujetaba con delicadeza el platico de aluminio donde tomaba leche su gata al lado de su cama. En la terminal de trenes, cero turba multigeneracional.

– Mama se va en mayo- me dijo-. Yuleydis es doctora y tiene una niña que vive en uno de los extremos de la capital. Yordán dejó de trabajar porque su mamá lo va a reclamar. Yasmany también prepara los detalles de su viaje. Lety vive en algún cabaret de La Habana: es bailarina. Dicen que Yeny está a punto de explotar: no puede más con eso que llaman Física Nuclear. ¿Y Cindy? Es feliz con su virgencito de bronce, que es jazzista, además. Por el pueblo no te preocupes- agrega de manera escéptica tras una pausa, mientras arranca una hierba para mascar-.

La mora terminó el soliloquio. Hizo un gesto de indiferencia. Se levantó con cierto trabajo, pero sin dejarse ayudar:
– ¿Comprendes tú, señor, lo que significa no saber a dónde ir?- recogió el bastón curvo y comenzó a pregonar por los pasillos despoblados.

Al parecer, los aguacatenses echaron sus mapas, sus recuerdos y sus instrumentos de orientación en una pequeña mochila donde todo cabe. Emprendieron la temeraria aventura. El alba los sorprendió sin atreverse a dormir con el alma pululante de sueños. Lo esencial fue no perder la orientación.

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