Memorias del Coronel

El sillón, de pajilla recién renovada, no deja de mecerse. Su cuerpo se inclina adelante cada vez que siente pasar algo por la oscuridad de la calle y luego vuelve a recostarse. Cada noche de apagón es un encuentro con el pasado. Piensa… quien sabe en qué.  Hoy la luz del quinqué tiznado lo motivará como en otras ocasiones.

Eudosio añora el surco; la sombra y los frutos del canistel; la liebre que duerme junto al nido de la codorniz; y los caniques que aún conservan, enterrados, el colorido de sus veletas entre la herrumbre y el fango. Porque hace ocho años que Mingo, como le dicen cariñosamente, prefiere contar las historias de su finca, en “El Coronel”. Rememora con lenguaje bucólico y a la vez refinado. Puesto encima del multimueble de hierro dorado, un sombrero de yarey.

Ya siente que los años no han pasado por gusto. Las manos grandes y callosas revelan las centurias de trabajo. Aunque a sus 78 primaveras las canas son escasas en su cabello. Desde los nueve cortaba cordeles de caña para ayudar a su mamá, a sus siete hermanos y, un poco más tarde, a Lila, su mujer.

Por aquellos tiempos el ingenio “El Rosario” no paraba de moler en épocas de zafra. Desde las cuatro de la mañana ya su señora le preparaba el desayuno en el jarro de aluminio. Corría de aquí para allá, como para competir con el segundero del reloj. Era tan diestra en las labores domésticas como curvas lucía en su torso.

Mingo vivía para su familia. En unas tierras que le compró a un gallego con algunos pesos que guardaba bajo el colchón de su cama, por allá por los años 50 del siglo pasado. Su economía dependía del corte. Su pasión era coleccionar caniques  y construir camioncitos de madera para sus dos primeros hijos.

Vivían en una casa al estilo bohío con techado de alfarje a la manera mudéjar, como en los tiempos coloniales. El suelo era de tierra apisonada. Las tablas de las paredes llevaban el color natural de las palmas y el guano seco del techo caía desgrafilado por entre las soleras.

A un lado crecían las matas de guayaba, de mango y de mamoncillo. Al otro, a varios metros, estaba el corral de las gallinas y los guineos que vivían entre las heces  de las vacas y los carneros. En aquellos momentos había dos yuntas de bueyes para el trabajo en el campo. Luis, el hijo mayor de Mingo y Lila, era el encargado de sacar el rebaño todos los días en la mañana. Las yuntas las sacaba Mingo bien temprano, antes de partir para el cañaveral. El padre de esta familia dejaba bien distribuidas las labores de la casa.

A su regreso del ingenio, Mingo trabajaba para asegurar los granos. No cosechaba yuca ni boniato porque eran poco degustados por los suyos. Sin embargo, no podía faltar la carne de… ni el vino español que compraba en las bodegas del pueblo cada semana. Eso sí. Lo más respetado y esperado por todos era el deleite, junto a la mesa colmada de platos, del colorido de las tardes de verano en las tierritas de “El Coronel”.

Luego la noche hacía de las suyas. En una ocasión, Evencio, el cuñado de Mingo, llegó asustado “con el corazón en la mano” al portal donde, como de costumbre, la familia se reunía para hacer cuentos. Dijo que se le subió en la parte de atrás del caballo una mujer de manos frías con olor a flores mustias. Que se tiró a la guardarraya en tanto la sintió y corrió “a pata suelta” hasta llegar al bohío. Evencio lo único que hacía era mirar para atrás mientras contaba con voz temblorosa. Dice Mingo que historias como estas les sucedían a diario a algunos que por las noches iban a su casa a conversar.

De pronto, escucho un ruido. Un plato de cristal o losa cae al suelo, al parecer. “¡Maldito gato! Desde que la dueña murió viene todas las noches a buscar comida a las cazuelas. Dicen que la cara de la vieja cascarrabias se refleja todos los días en el fondo del plato de aluminio del animal.” – Me cuenta Mingo, que al verme escuchar de manera tensa, no puede aguantar la risa.

Eudosio Pérez López (Mingo) es un guajiro extraordinario por su manera de vivir y contar historias. Conversar con él durante toda la noche a la luz del mechero del quinqué siempre significa remontarnos aquellos tiempos del campo cubano, en las llanuras de La Habana. Sin dejar escapar uno de sus gestos, puedo trasladarme a la casa donde habitó por años y que en octubre de 1959 ardió en llamas.

Desde entonces vive en el pueblo. Entre los guiños al pasado. Lila murió hace ocho años. Y aunque sus dos hijos están cerca,  Mingo en las noches de apagón, recostado a su sillón recién arreglado, se regodea en los recuerdos para volver a contar las memorias de “El Coronel” a cuanto nieto se le recueste en su pecho.

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