La despedida, ¿es un dolor tan dulce?

(Artículo de Abilio Estévez, “un gran escritor cubano radicado en Barcelona”)

Sí, no sería difícil entender la famosa frase de Julieta en la eterna escena
del balcón donde pronto va a separarse de Romeo. Es comprensible que para
ella la despedida sea un dolor tan dulce que estaría (confiesa) “diciendo
buenas noches hasta el amanecer”. Es un dolor: se trata de una separación;
es dulce: lleva en sí la esperanza, la urgente necesidad del reencuentro.
Por lo demás, no deja de resultar prodigioso sufrir porque alguien se marche.
Todo el que ha estado apasionado alguna vez conoce lo que Julieta quiso
decir. Sabe de esa complicada mezcla de sufrimiento y gozo. Al parecer (y
por fortuna), lo que llamamos amor suele pasar por entre angustias y
paradojas semejantes.

Por supuesto, no siempre estamos enamorados al modo admirable de Julieta. No siempre (casi nunca, nunca) se nos brinda la posibilidad de vivir inmersos
en la tragedia ( si no caemos en la irrisión, accedemos a ese sucedáneo, el
melodrama); la vida, a veces con colores desvaídos, a veces tan obstinadamente rutinaria y falta de grandeza, nos enseña que no es común
entre nosotros que el adiós resulte esa endemoniada y divina mezcla de dolor
y de dulzura.

Hay algo patético en las despedidas. Insisto: no en las espléndidas de la
imaginación, de la literatura, sino en las burdas e injustas separaciones
que depara cada día. Las despedidas que tienen el rango del bolero, del café
con leche, del almuerzo escaso y solitario, de la tarde de domingo. Las
despedidas que tienen el rango del tedio. Las que no enardecen por la
posibilidad del reencuentro, que no estimulan el deseo, sino las otras: las
separaciones que empobrecen la vida, las que dejan al hombre clavado en el
sillón, cansado el brazo de decir adiós. Sé que hablo a título demasiado
personal: resulta inevitable, no hay modo de escapar a lo que uno es (o que
uno cree ser).

A quienes no sean cubanos quizá les cueste alcanzar a comprender muy bien lo que digo. Para intentar explicarlo escribiría: ” He pasado la vida
despidiendo”. No se me escapa que quien más, quien menos, todos conocen el alcance de una despedida. Todos se han visto en el trance de despedir a
alguien que desean a su lado, y no requiero para mí (para nosotros)
semejante privilegio. No se trata de eso. Se trata, repito, de cuando la
despedida se convierte en acto de tantas horas y de tantos días. Recuerdo:
la primera vez que fui al aeropuerto a despedir a alguien, yo era un niño.
Aquel a quien despedíamos también lo era. La madre, una negra fascinante
amiga de mi familia, siempre alegre, siempre dichosa, había decidido
enviarlo a estudiar a una escuela de curas en Baltimore. No porque la escuela
fuera buena, no porque le interesara que su hijo se educara con los curas de
Baltimore, sino porque “tenía miedo del comunismo”. Recuerdo, de modo vívido, el llanto, la atmósfera de duelo de aquella mañana de separación.
Eso fue al principio, cuando yo era un niño y aún despedirse constituía un
hecho desgarrador.

Luego, a lo largo de los años, he visto a muchos cubanos llorando en el
aeropuerto de La Habana. (En ningún otro aeropuerto del mundo he visto
escenas semejantes). He visto a las familias despedirse, a las familias
despidiendo a los balseros en el litoral habanero. A ellos los he visto
zarpar en las balsas precarias y alejarse inseguros, seguros, sin mirar
atrás. He tenido que decir adiós a los amigos que han decidido rehacer sus
vidas en Miami, en Buenos Aires, en Madrid, en Berlín, en Barcelona, en
Quito, en Ciudad de México…Cualquier cubano se ha acostumbrado al “hastío
reseco ya de crueles anhelos” que “aún sueña en el último adiós de los
pañuelos”.

En los primeros tiempos, mis amigos y yo cruzábamos cartas vehementes;
después, la falta de vivencias compartidas, la incomunicación del tiempo y
el espacio, han establecido cada vez más las distancias de esas cartas,
hasta que ya no sabemos qué decirnos.

He intentado relaciones que de antemano conozco condenadas al adiós.

Quiero decir, la vida se arruina. Como desaparecen recuerdos y noches
compartidos, como se olvida una cara o el metal de una voz, como se
desvanecen sueños y proyectos, se pierde la historia de la propia vida. Se
comienza a carecer de biografía, los días se van en rehacer amigos que
deberán ser despedidos luego; a veces, en momentos de lucidez, se tiene la
impresión de que se vive en tierra de tránsito, de que nada es permanente y
fijo. Hay días de clarividencia en que resulta demasiado absoluta la
sensación de transitoriedad de todas las cosas. Sí, es cierto, las cosas son
transitorias, pero también es necesaria o útil o hermosa la ficción de que
todo es firme, seguro, inmutable.

Es importante recalcarlo: en Cuba se habla siempre en pasado de los que se
marchan, como si hubieran muerto. Tal parece como si el horizonte los
borrara. Se les evoca como a difuntos; semejantes a reliquias, sus objetos
se guardan. A los amigos que se han marchado, en Miami o Barcelona, también los he oído hablar de aquellos que vivimos en la isla, con esa nostalgia entre divertida y pesarosa con que se habla de los muertos. En cierta forma, es ineludible que así sea. Aunque resulte tremendista, se puede llegar a una conclusión: cuando alguien que queremos (o sea, que necesitamos) se va de nuestro lado, sin la intención o la probabilidad de volver, se comienza a morir un poco; se puede arribar también a otra conclusión: en la misma medida en que se incrementa la diáspora de cubanos por el mundo, y se hace más variada la que Gastón Baquero llamó ” geografía múltiple de la isla”, la verdadera isla se reduce, pierde paisaje o espíritu, desaparece.

Pero lo más grave, insisto, es que uno se va adaptando a las despedidas,
q ue no ve en ellas un hecho sorprendente, inusual , de excepción. Lo más
peligroso es que, a fuerza de repetido, el acto de decir adiós, de ver que
alguien se marcha “para siempre”, se transforma en hábito terrible, y hasta
en hastío. Lo más alarmante es el adaptarse a la soledad y escuchar a un
amigo decir que se va como si dijera que llueve o hace calor, no tener la
lucidez de percatarse de cuánto se marcha con él, de que con él algo
irrecuperable se aleja. Porque ese hermano, amante o amigo no sólo se
ausenta, sino algo mucho peor: se ausenta sin la voluntad (o la posibilidad)
del regreso.

Así, por ese extraño camino, se llega a comprender muy bien el verso célebre
de Borges: ” Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas”. Se
suceden desapariciones, alejamientos, adioses (sin la gracia de una sonata
de Beethoven o de una sinfonía de Haydn), hasta el día forzoso en que es
preciso detenerse, mirar alrededor y descubrir sin asombro cómo poco a poco todo se ha convertido en un páramo.

(llegado a la bandeja de entrada de mi correo hace ya algún tiempo)

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