Fefita

Aquella tarde se apareció en la casa con Fefa, la chiva más loca del rebaño. Tenía dos campanas, era de color blanco y tamaño pequeño. Corrían los años noventa del siglo XX.

“Cuando crezca y para, asegurará al menos 2 vasos de leche para el desayuno… Pero tienen que pastorearla”, dijo entusiasmado el padre, e ipso facto, luego de escuchar aquellas palabras, colapsaron sus hijos. “LLEVAR A LA CHIVA A COMER YERBA TODOS LOS DIAS, DESPUES DE LAS 4:20 DE LA TARDE, CUANDO SALIMOS DE LA ESCUELA???!!!”

Los dos preferían cogerle asco a los lácteos, tener gastritis y pelar naranjas en las noches para hacer el jugo de las mañanas.

Fefa llegó a la familia y aumentaron las disputas entre los hermanos. Aparecieron los cronogramas de pastoreo, los turnos de juego y los tiempos de televisión. Aquella Bendita Chiva los tenía descabreados. Y peor en tiempos de sequía. Tenían que andar con ella a retortero por todo el barrio para encontrarle alguna parcela fresca.

Pasaron algunos años. No recuerdo muy bien. Tal vez 3 o 4. Solo sé que un buen día el animal desapareció.